
Ya no quedan profecías.
En la catedral del alma
se adelgaza la sombra de los restos
y pugnan, inconclusos, los sonidos,
golpeando en la cúpula de huesos.
Susurrando,
hilvano una plegaria
y el murmullo, como un náufrago,
transita
los amplios corredores abandonados.
Mientras,
suspendida en la brisa,
danza
la filigrana de una tela de araña,
herida por la luz.
En la catedral del alma
se adelgaza la sombra de los restos
y pugnan, inconclusos, los sonidos,
golpeando en la cúpula de huesos.
Susurrando,
hilvano una plegaria
y el murmullo, como un náufrago,
transita
los amplios corredores abandonados.
Mientras,
suspendida en la brisa,
danza
la filigrana de una tela de araña,
herida por la luz.
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